NUESTRA VIDA ¿Qué hacemos en este monasterio un grupo de mujeres, de monjas? ¿Qué sentido tiene nuestra vida? Son preguntas que fácilmente se hacen muchas de las personas que se acercan a este lugar.
Como cristianas, nuestro punto de referencia es Cristo, al que intentamos seguir según el Evangelio, en una comunidad de hermanas.
Los monjes y monjas hemos ido trazando, a lo largo de los siglos, un peculiar estilo de vida sencillo que, en la soledad y el silencio, nos ha permitido adentrarnos en nuestro propio corazón, donde nos encontramos con nosotras mismas y con Dios, fundando ahí los cimientos de la vida fraterna. Los primeros Cistercienses describieron sus monasterios como “escuela de caridad”. Siguiendo sus pasos, tratamos de hacer realidad, también hoy, el modelo de vida fraterna a la que Dios nos invita.
Muchas de nosotras hemos descubierto nuestra llamada, y hemos reconocido el don que conlleva, en el contacto con una comunidad concreta que se nos ha hecho familiar y entrañable.
Sin embargo, la comunidad no se construye por la afinidad con las hermanas. Es un bien gratuito y frágil que tenemos que cuidar y construir día a día. Se fragua desde la atención al propio corazón, y desde la apertura, conocimiento y acogida mutua cuyo fundamento es Cristo. Requiere transparencia y perdón, que dan como fruto unas relaciones gozosas y fraternas. – distribución del tiempo – Nos ocupamos en tres tareas que se dividen el tiempo casi a partes iguales: liturgia, lectio y trabajo. El ambiente de soledad y silencio, propicia que las tres se influyan de tal modo que faciliten la que es nuestra tarea fundamental: la atención a Dios, la oración. Poco a poco, la oración impregna toda nuestra vida. la liturgia
Es momento de alabanza, de plegaria, de proclamación, de escucha,... pero, sobre todo, es momento de celebración comunitaria de la fe. En ella estamos unidas a Cristo y a toda la Iglesia; su expresión culminante es la Eucaristía.
Su distribución, a lo largo del día, en siete momentos intercalados entre las otras tareas, unifican la jornada y facilitan orar lo que vivimos y vivir lo que oramos. el trabajo 
El trabajo que realizamos es fundamentalmente manual. Además de favorecer la atención al corazón, nos permite participar en la obra creadora de Dios.
Con él procuramos nuestra subsistencia y podemos compartir con los necesitados. Es, también, muestra de solidaridad con cuantos viven del trabajo de sus manos. 
Vivido con serenidad, absorbiendo una parte del dinamismo de la monja y canalizándolo a un servicio útil a los demás, hace a la persona interior más libre. la lectio
La oración, más que palabra que dirigimos a Dios, es escucha, atención, a su Palabra. Por eso, dedicamos a diario un tiempo amplio a la lectio.
Cabe decir que la lectio divina es nuestro ‘método’ de oración. Se trata de una lectura tranquila, reposada, de la Sagrada Escritura, En esta lectura, Dios viene a nuestro encuentro. Prolongada durante el día, mediante la repetición y memorización de lo que mas nos ha ‘sorprendido’, le abrimos un espacio que le permite germinar y enraizarse más en nuestro corazón.
La lectio no es un ejercicio intelectual. No obstante, hay un tiempo en el día dedicado al estudio que nos ayuda a profundizar en el conocimiento de la Palabra de Dios y de todo lo que se refiere a nuestra vida.